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Viajar por Latinoamérica me ha dejado una reflexión que va mucho más allá de conocer nuevos lugares: la experiencia de un turista también se construye con tecnología.
Y en varios países de la región esto se siente desde el primer momento, lo avanzado de esto: Perú, Colombia, Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, etc.
No necesariamente porque tengan mejores destinos, mejor gastronomía o una atención superior. Se siente porque han logrado algo mucho más sencillo: hacerle la vida más fácil al turista.
Pagar es fácil. Conectarse es fácil. Pedir un servicio es fácil. Reservar es fácil. Moverse es fácil.
Y cuando todo eso funciona, viajar se siente diferente.
Ahí creo que Ecuador todavía tiene una oportunidad enorme.
Pensemos por un momento como viajeros.
Llegamos a un país que no conocemos. ¿Cuáles serían nuestros mínimos no negociables?
Probablemente conexión a internet, acceso sencillo a nuestro dinero y algún mecanismo de asistencia ante una emergencia.
Podemos agregar muchas cosas más, por supuesto, pero estas tres permiten entender algo importante: la tecnología dejó de ser un complemento del turismo para convertirse en parte de la experiencia turística.
Hace algunos años uno podía llegar a una ciudad, caminar, preguntar y descubrir qué hacer sobre la marcha.
Todavía podemos hacerlo, y seguramente ahí está parte de la magia de viajar. Pero hoy necesitamos también anticiparnos.
Queremos revisar el mapa, conocer una zona antes de visitarla, pedir transporte, reservar, consultar horarios, comunicarnos con nuestra familia, revisar recomendaciones o simplemente saber por dónde estamos caminando.
Incluso por seguridad.
Por eso, tener acceso sencillo a internet ya no debería verse como un lujo para el turista. Es infraestructura turística.
Si conectarse es complicado, también complicamos innecesariamente el viaje.
Aquí aparece uno de los puntos que más me llama la atención cuando viajo por Latinoamérica.
Los sistemas digitales de pago han crecido muchísimo. POS vinculados a bancos y fintech, tarjetas de crédito y débito, billeteras digitales y sistemas como Mercado Pago, Yape, Pix o Deuna han hecho que pagar sea cada vez más sencillo.
Y eso cambia la experiencia.
Imagina dos escenarios.
En el primero quieres comprar algo, pero necesitas efectivo. Entonces debes preguntarte cuánto dinero tienes, dónde retirar, cuánto te cobrará el cajero, si el establecimiento tendrá cambio o incluso si aceptará el billete que llevas.
En el segundo simplemente acercas una tarjeta o utilizas tu teléfono.
¿Cuál de los dos genera menos fricción?
Probablemente el segundo.
Y aquí aparece algo que para mí es fundamental: mientras menos complicado sea pagar, más oportunidades existen para que el dinero del turista llegue a restaurantes, comercios, emprendimientos, artesanos, transporte y experiencias locales.
No se trata únicamente de comodidad.
Se trata de economía.
La asistencia médica y los seguros de viaje también forman parte de esta ecuación.
Dependiendo del destino pueden existir distintos requisitos de ingreso, pero, incluso cuando un seguro no sea obligatorio, contar con algún tipo de cobertura o asistencia genera tranquilidad.
Puede ser un seguro contratado específicamente para el viaje, un beneficio asociado a una tarjeta de crédito u otro servicio de asistencia.
Lo importante es la sensación que produce:
puedo moverme sabiendo que, si algo ocurre, tengo a quién recurrir.
Y esa sensación de respaldo importa mucho más de lo que parece.
Aquí está el punto central.
Cuando hablamos de innovación turística, solemos imaginar aplicaciones sofisticadas, inteligencia artificial, realidad aumentada o grandes plataformas digitales.
Pero quizá estamos empezando por el final.
La verdadera transformación comienza resolviendo cosas mucho más básicas:
Que el turista pueda conectarse, pagar, reservar, movilizarse y pedir ayuda fácilmente.
Porque cuando esas pequeñas fricciones desaparecen, sucede algo interesante: el turista gana confianza.
Y con confianza se mueve más.
Explora más.
Entra a más lugares.
Prueba más experiencias.
Y también tiene más facilidad para gastar.
Por eso, la digitalización del turismo no debería analizarse únicamente como un tema tecnológico. También debería entenderse como una estrategia económica.
Ecuador tiene algo que muchos países quisieran tener: una concentración extraordinaria de experiencias en un territorio relativamente pequeño.
Costa, Sierra, Amazonía y Galápagos. Gastronomía, cultura, naturaleza, aventura e historia.
El potencial existe.
La pregunta es si toda la infraestructura que rodea esa experiencia está avanzando a la misma velocidad.
Porque podemos invertir millones en promocionar un destino, pero si cuando el turista llega encuentra dificultades para conectarse, pagar, reservar o acceder digitalmente a determinados servicios, estamos introduciendo fricción exactamente en el momento en que deberíamos eliminarla.
Y quizá aquí está uno de los cambios de mentalidad que necesitamos.
Facilitar el pago no es solamente modernizar el sistema financiero. Es facilitar el consumo turístico.
Digitalizar un restaurante no es solamente implementar un software. Es mejorar la experiencia de quien lo visita.
Dar conectividad no es solamente ofrecer internet. Es permitir que alguien pueda descubrir, compartir y seguir explorando el país.
La tecnología aplicada al turismo tiene una consecuencia muy concreta: reduce incertidumbre.
Y cuando un turista siente menos incertidumbre, tiene mayor libertad para disfrutar el destino.
Quizá antes de preguntarnos cómo conseguir más turistas deberíamos preguntarnos algo más incómodo:
¿Qué tan fácil se lo estamos poniendo al turista que ya decidió venir?
Porque atraerlo es apenas la primera parte.
Después debemos lograr que pueda recorrer el país con confianza, descubrir negocios, reservar experiencias, consumir productos locales y pagar sin complicaciones.
Ahí la tecnología deja de ser un accesorio.
Se convierte en infraestructura.
Y posiblemente una parte del futuro turístico del Ecuador no dependa únicamente de tener lugares increíbles —porque esos ya los tenemos—, sino de construir un ecosistema que haga increíblemente fácil disfrutarlos.
Porque en turismo, cada fricción que eliminamos puede convertirse en una experiencia más.
Y cada experiencia adicional puede convertirse en una nueva oportunidad para nuestra economía.
José Andrés Quito
21-09-2026
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