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Hace unos días participé en un conversatorio sobre inteligencia artificial, BI, etl, etc. Entre cifras, experiencias y casos de uso, hubo una idea que se quedó dando vueltas en mi cabeza: mientras más empresas adoptan IA, menos claro parece ser el retorno real que están obteniendo. Y eso me llevó a una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos frente a la mayor revolución tecnológica de nuestra generación o ante una inversión que todavía no sabemos rentabilizar?
Hoy la IA está en todas partes. Aplicaciones, plataformas, software empresarial, asistentes virtuales, motores de recomendación y sistemas de automatización. Todo parece estar impulsado, potenciado o redefinido por inteligencia artificial. La narrativa es clara: quien no adopte IA corre el riesgo de quedarse atrás.
Pero hay una pregunta mucho más importante que pocas veces nos hacemos: ¿qué tan bien estamos utilizando realmente la IA?
A veces da la impresión de que la inteligencia artificial nos está estudiando a una escala nunca antes vista. Cada búsqueda, cada interacción, cada decisión y cada patrón de comportamiento alimentan una gigantesca red neuronal global. Sin embargo, mientras la IA aprende cada vez más sobre nosotros, surge una interrogante inevitable: ¿qué estamos obteniendo nosotros a cambio?
En el conversatorio se mencionaba que estudios recientes del MIT en Estados Unidos muestran que cerca del 98% de las empresas ya tienen pilotos con inteligencia artificial en distintos procesos. Sin embargo, apenas una pequeña fracción ha logrado demostrar un retorno de inversión claro y sostenible. De hecho, muchas organizaciones han reducido o replanteado sus iniciativas porque los resultados obtenidos no guardan relación con las expectativas generadas.
Y aquí es donde la conversación se vuelve especialmente interesante para Ecuador.
Para muchas PYMEs ecuatorianas, la IA sí está generando valor. Automatiza tareas, reduce tiempos operativos, acelera búsquedas de información y permite resolver en horas actividades que antes podían tomar semanas. Ese beneficio es real y tangible.
Pero pensar que la inteligencia artificial está lista para convertirse en el gran motor tecnológico que transformará por completo nuestra industria es otra historia. Todavía enfrentamos brechas importantes de conocimiento, cultura digital, infraestructura y, sobre todo, madurez de mercado.
El consumidor ecuatoriano ha evolucionado notablemente. Las compras digitales y los pagos electrónicos han crecido a tasas de dos dígitos durante los últimos años. Sin embargo, sigue siendo un comprador cauteloso. Busca confianza, validación y seguridad antes de tomar una decisión de compra.
Por eso resulta peligroso asumir que la IA puede reemplazar indiscriminadamente la interacción humana.
Si una empresa pretende reducir costos eliminando vendedores, asesores o puntos de contacto humanos para reemplazarlos únicamente por una solución basada en inteligencia artificial, probablemente está construyendo un problema más que una ventaja competitiva.
El shopper ecuatoriano puede sentirse fascinado por la IA. Puede utilizarla, consultar con ella e incluso confiar en algunas de sus recomendaciones. Pero todavía existe una gran diferencia entre recibir una sugerencia y entregar dinero directamente a una máquina sin percibir un respaldo humano detrás.
No es casualidad que la inteligencia artificial aún no sea protagonista dentro de los procesos de pago de la mayoría de plataformas. Tampoco es coincidencia que las transacciones realizadas únicamente a través de canales conversacionales, como WhatsApp, todavía dependan fuertemente de elementos de confianza persona a persona.
La tecnología avanza más rápido que la cultura.
Y quizás ese sea el verdadero desafío de la inteligencia artificial en países como Ecuador: no se trata únicamente de desarrollar mejores algoritmos, sino de construir nuevos hábitos de confianza.
Lo mismo ocurrió con las tarjetas de crédito. Lo mismo sucedió con los smartphones. Lo mismo pasó con Internet.
Ninguna de esas tecnologías transformó el mercado de la noche a la mañana. Primero tuvieron que superar barreras culturales, generar confianza y demostrar valor real para las personas.
La inteligencia artificial parece estar recorriendo exactamente ese mismo camino.
La pregunta ya no es si llegará a convertirse en parte fundamental de nuestra economía. Probablemente lo hará.
La verdadera pregunta es: ¿cómo enfrenta tu organización la llegada de la IA, ROI sin rumbo, o tu equipo realmente te da los resultados esperados frente al costo de la herramienta?
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Fecha: 06/06/2025 | Por: José Andrés Quito